Música Principia

“Nacido con un alma normal, le pedí otra a la música: fue el comienzo de desastres maravillosos...”. E. M. Cioran, Silogismos de la amargura.

"Por la música, misteriosa forma del tiempo". Borges, El otro poema de los dones.

miércoles, 19 de enero de 2011

Arguedas, ¿quién eres?



Ahí esté el icono amado, admirado; convertido en el guía espiritual de una parte de los peruanos. A pesar de su vida, se le perdonó la muerte: un gatillo certero que acabó con la tortura, pero que elevó al hombre a estatura mitológica. Desde aquel balazo, su obra corrió como una bala. Sin embargo, a pesar de la fama justificada, del aprecio de literatos y sociocientíficos de medio mundo; a pesar del cariño de sus lectores y del orgullo de muchos de ellos, Arguedas, es para mi un enigma y una frontera. Un enigma porque nunca llego a entenderlo plenamente. Y una frontera, porque gracias a Arguedas me doy cuenta que soy un peruano de otro tipo, es decir, partícipe de la cosmópolis y del sueño de la historia en clave cosmopolita.

Mi primer acercamiento a Arguedas fue en el colegio, en la secundaria, cuando tenía 13 o 14 años. Para un adolescente que crecía entre los últimos vientos de Star Wars (El Regreso del Jedi), el florecimiento de la industria de la vídeo música (los años primorosos de MTV) y los deseos de tener un par de Adiddas, un jean Levi´s y un polo Ocean Pacific. Además que vivía a unas cuadras del mar, en un barrio de casitas de dos pisos y edificios de cuatro pisos, que escuchaba heavy metal y música clásica y cuyos padres trabajaban muy duro en la "jungla de cemento", leer Warma kuyay, Agua, Los ríos profundos, Todas las sangres y, por decisión propia, El Zorro de arriba y el zorro de abajo, no tuvo el impacto que me causaba leer varios cuentos de La palabra del mudo del entrañable Julio Ramón Ribeyro o La ciudad y los perros de nuestro nobel.

En la adolescencia no hay mayor justificación de los gustos. Es el derecho del imberbe. En mi caso, leer a Arguedas para los cursos de literatura peruana, no logró despertar en mi mayor interés por el mundo literario de los andes peruanos. El imaginario de los andes me parecía extraño, lejano; parte de un mundo ajeno a todas mis referencias culturales y verbales. Asumiendo la premisa de  Wittgenstein del punto 5.6 del Tratactus: "Los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje", en mi lenguaje no había nada que resonara a las quebradas, danzas, giros lingüísticos, referencias que Arguedas exponía con soltura en sus textos. En cambio, el mundo surgido de la quintas limeñas y  miraflorinas, narrado por Ribeyro en sus cuentos, me parecía sacado de la esquina por la que eventualmente podía caminar. El mundo de Ribeyro era comprensible porque estaba hecho desde mi mismo lenguaje. Tenía 15 ó 16 años. Bastaba con eso.

En la universidad peruana, a fines de los años ochenta, estaba en pleno apogeo la discusión sobre el estatuto cultural del Perú, en el contexto de una crisis económica increíble de concebir, un estado en vías de extinción y la violencia terrorista. "Modernidad o los andes". ¿ Cuán occidentales somos los peruanos o cuál es el grado de andinidad de los peruanos? ¿Somos un país andino o somos una mezcla extrema de culturas? Por fortuna, rápidamente me di cuenta de la futilidad del debate. Como buen lector de los clásicos del liberalismo, consideraba que el tema de la "identidad" o de las "identidades culturales" era uno de los tantos problemas inventados, carente de sentido y utilidad. La pertenencia a una cultura no se da por una cuestión necesaria, sino de opción. Es decir, por nacer en una determinada localidad no estoy obligado a creer en las costumbres dominantes de una cultura. Puesto que somos individuos- pensaba- nos corresponde a cada uno decidir cuál es finalmente el referente cultural en el que nos sentimos cómodos. De este modo y debo dar gracias a Dios por eso, nunca tuve un conflicto cultural. Jamás me he sentido más peruano o menos peruano por mis gustos y preferencias, pues estas son personales; no las impongo a nadie ni tampoco permito que me impongan otras que no quiera. Mi patria es mi individualidad, donde yo soy soberano plenamente.

Al pasar la veintena de años, volví a leer a Arguedas tras una lectura apasionante del ensayo La utopía arcaica de Vargas Llosa. La cantidad de críticas que cayeron sobre este monográfico de nuestro nobel, generaron en mi la enorme curiosidad de leer al ilustre escritor peruano diez años después. Intenté con Los ríos profundos, la poesía fluía de modo magistral, me emocioné profundamente con este bello libro. Es la grandeza del arte, pensé. Cualquier persona abierta a la experiencia de lo bello se puede emocionar con cualquier obra humana. Volví a leer Todas las sangres. Se unía la novela con la apología ideológica. Hice el esfuerzo de culminarla como pude. Y quedó ahí todo. Finalmente, intenté con el Zorro de arriba y el zorro de abajo. No pude pasar las treinta primera páginas. La antropología unida al dolor le había ganado a la poesía. ¿Quién eres, Arguedas?, me dije.

En la carta de despedida de Arguedas, dirigida a las autoridades de la universidad donde laboraba, se puede leer este párrafo conmovedor:

Creo haber cumplido mis obligaciones con cierto sentido de responsabilidad, ya como empleado, como funcionario, docente y como escritor. Me retiro ahora porque siento, he comprobado que ya no tengo energía e iluminación para seguir trabajando, es decir, para justificar la vida. Con el acrecentamiento de la edad y el prestigio las responsabilidades, la importancia de estas responsabilidades crecen y si el fuego del ánimo no se mantiene y la lucidez empieza, por el contrario, a debilitarse, creo personalmente que no hay otro camino que elegir, honestamente que el retiro. Y muchos, ojalá todos los colegas y alumnos, justifiquen y comprendan que para algunos el retiro a la casa, es peor que la muerte.
Habla de cumplimiento de funciones y de retiro. ¿Retiro?  ¿Cuál es el día para el retiro de la vida? Arguedas nuevamente conmueve. Hasta su muerte es el cumplimiento de una función unida a factores que involucran a terceros:

Elijo este día porque no perturbará tanto la marcha de la Universidad. Creo que la matrícula habrá concluido. A los amigos y autoridades les hago perder el sábado y domingo, pero es de ellos y no de la universidad. 
Hoy pienso nuevamente, Arguedas, ¿quién eres?

Arguedas canta "Lorochay"

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