Llegamos al tercer movimiento, un
oscuro y lúgubre Adagio. Fauré lo ha construido a partir de un motivo
ascendente: las cuerdas tocan al unísono -con frecuencia- en las secciones
exteriores y el piano ofrece una gran variedad acompañamientos, usando acordes
bloqueados, balanceando figuras y
patrones arpegiados.
Impresiones. Por alguna razón esta obra me conquista, entristeciéndome. Es la tristeza que conduce hacia cierto vacío. Una caída de abajo hacia arriba. Sin horizonte. Pero bella, como la música de cámara de ese tiempo.
Y este adagio Fauré me permite entender la tristeza de Robert Hughes (1938-2012) y la tristeza de Joseph Ratzinger. Pues ambas tristezas están entrelazadas. Occidente, no apagues tu lámpara...
Día a día la conciencia de la mortalidad se acrecienta. Todo ha de perecer, incluso lo más amado y odiado, lo más bello y terrible. Una constatación diaria es cuando descubrimos que en las tentativas del fracaso se evidencian nuestras limitaciones. No podemos muchas cosas. Nuestras posibilidades se ven excedidas ante la inmensidad de efectos y causas de este singular universo. El todo es gigante y a la vez extraño. Es gigante, porque una mente breve como la mía es incapaz de concebirlo. Es extraño, porque los individuales son inefables; los eventos, a la larga, inescrutables. La vida es rara; es raro estar vivo. Sorprende saber y entender que en un tiempo (indeterminado) estaré muerto. Y también sorprende que todo estará inevitablemente muerto.
Pero al mismo tiempo que la conciencia de la mortalidad se acrecienta, me viene una ilusión de continuidad; una ilusión que se nutre de la fe cada vez más madura y grande que tengo en Mi Dios. Sin mi Dios, incluso el amor humano más excelso, se diluye en la contingencia. La ilusión del tiempo continuo debe venir, pienso, de la certeza que Dios ofrece. Por ello el amor humano a los otros, debe estar fundado en el amor supremo.
Todo esto me remite a dos instancias de reminiscencia. La primera, la Carta a los Romanos de Pablo de Tarso (8, 38-39): Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor. Estos versículos son como una roca inmensa de certezas que proveen de un sentido de vida maravilloso. El sentido de vida no sólo es bueno, también es bello. Pues es bello amar a Dios y bello es ser amado por Dios.
La segunda reminiscencia proviene del arte, de la música concretamente. Gabriel Fauré estuvo marcado por las presiones sentimentales como pocos. De carácter complicado y triste, nos legó obras maravillosas como Elegía para violonchelo y piano Op 24 , compuesta en 1883 y en versión orquestada en 1890. Siempre he pensado que esta obra de Fauré es una suerte de meditación sobre la muerte escrita en clave de desesperanza. Pensaríamos que la desesperanza es el camino opuesto a la luz de la verdad esperanzadora. Nada más falso. Cuanto más cercana esta la sombra, la luz del ser inquieto la vence. La tristeza de la Elegía nos conmueve porque estamos vivos y queremos seguir estándolo.
Elegía para violonchelo y piano Op 24. Gabriel Fauré
Más allá de lo político e ideológico, Gerardo Diego fue uno de los poetas españoles fundamentales del siglo XX. Era conocida la melomanía de este ilustre escritor; pasión por la música que se evidencia en cuatro poemas - entre los más bellos- escritos sobre la música y los músicos: Preludio, aria y coda a Gabriel Fauré, Estoy oyendo cantar a un mirlo, Revelación de Mozart y Los árboles de Granada a Manuel de Falla.
De Preludio, aria y coda a Gabriel Fauré me conmueve estos versos escogidos esta mañana:
Oh música anunciada que la noche esclareces,
noche tú misma ubérrima de estrellas y de pulsos,
oh donación sin límites en que Dios se recrea,
oh divina entre las clausulas humanas.
Fue en un principio el ruido. Los rayos y las piedras
no hallaban sus aristas de eficaz geometría.
Era el agua un problema de sólida maraña
y el caos bostezaba su gañido espanto.
El silencio es padre de la niña armonía.
El la engendra y la cría en sus puras entrañas.
Aplicad el oído a la piel de la música.
Detrás de la sonata late el silencio cósmico.
Canta el hombre angustiado a su destino en la tierra,
canta para espantar el miedo de los astros.
La mudez es el solo, perdurable estatuto.
Del preludio a la fuga corre un escalofrío.
Y qué decir de ese hermoso y hondo poema que es Estoy oyendo cantar a un mirlo. Donde la admiración por Chopin logra transfigurarse en la metáfora de la fragilidad y en sus extremos incomprensibles. Aquí los primeros versos:
Estoy oyendo cantar a un mirlo.
Canta el mirlo perchado allá arriba en el cedro.
Canta el mirlo escondido en el paraíso terrenal.
Adán y Eva gozaron de ese mismo mirlo
que me vierte gotas, perlas de siglos deshiladas en música sin nubes.
Estoy oyendo cantar a un mirlo.
Estoy oyendo cantar al mirlo de mil novecientos cinco
en el magnolio de lustrosas hojas
que brillan a la luz como sus plumas.
Estoy oyéndole cantar detrás de éste, dentro de este.
o uno? (¿Dos
Se llamaba Wolfgang. No. Se llamaba Franz.
No. ¿Se llamaba Mirlo, Merle, Merlín? No. Se llamaba
-negro en verde como mirlo en magnolio, como seis
(letras
mayúsculas en cuaderno de música-,
se llamaba Chopin.
Pero en Revelación de Mozart, Gererdo Diego logra penetrar desde la poesía en varias instancias del "misterio Mozart", llegando a construir un fresco de múltiples matices sobre la vida y obra del gran músico austriaco. Así, al inicio de extenso poema se lee:
Todo es divina superficie, todo
humanidad profunda. Mozart vivo,
pintura vegetal, hoja aplicada
a una pared, él y el misterio
del vacío infinito. Y una línea
-bisel cortante- en ángulo quebrada
que es un perfil de espejo metafísico.
Nadie intente salvar esa frontera
entre la plenitud y el lienzo puro
o la nada. Los dos orbes eternos,
la vida y lo que nunca nacería.
Y más adelante, en la medida que el poema toma cuerpo, Gerardo Diego llega ingresar al corazón de lo que late en la esencia de la poética mozartiana:
Rocas, fontanas, plazas de Salzburgo
de la octava del Corpus. Un sol lírico
calienta en los jardines del palacio
las casi negras máscaras mortuorias
que fingen enormes pensamientos
entre los jaspeados y amarillos.
También la tierra piensa, piensa y canta,
y sus muertos se asoman a la vida
a gozar de este sol, oro de música,
y a oír cantar los mirlos y los niños.
La tierra, el ruiseñor, el niño, el muerto
cantan sobre la orquesta que hace el rio,
cantan, miran y piensan. Tal la vida
se enreda con la nada y doce tonos
modulan de uno en otro sus mensajes
-color melancolía, matiz gloria,
tinte desmayo, iris esperanza-.
No olvida, no, la música. Ella cree.
Y al final de la travesía morzartiana, poeta llega revelar al Mozart que todos intuimos pero que nuestra mísera palabra es capaz de nombrar:
Música desde el cielo para el hombre
en su medida clásica y divina,
revelación herida en el costado,
oh Mozart mío, de ese tu universo
que es el regazo puro-los timbales
de tu agonía ya alejaron truenos,
ya el azul restaurado de Salzburgo
celeste es el celeste novísimo-
universos o regazo revelado,
el estado de gracia, el ser de gracia,
prenda de salvación por el retorno
es espiral al mástil del no olvido.
Elegía para violonchelo y orquesta Op 24. Gabriel Fauré. Violonchelo: Yo Yo Ma
Estudio Op 25 Número 11. Frederic Chopin. Piano: Valentina Lisitsa
Adagio y fuga en do menor KV 546. W. A. Mozart
Larghetto- Cuarteto para piano número 2 KV 593 en si bemol mayor. W. A. Mozart.Las alturas de una belleza que fue capaz de crearse en la tierra.