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lunes, 21 de septiembre de 2015

Diálogo final entre Marin Marais y Sainte Colombe

Escena de la conversación final 

Estamos al final de Todas las mañanas del mundo. La región humana de lo íntimo está a punto de revelar lo más hondo de nuestra condición: la música es un puente con los que ya no están, los que nos dejan.  Y ambos se dicen uno al otro: 

Sainte Colombe: Voy a hablar... La música sirve para expresar lo que no pueden expresar las palabras. En ese sentido no es del todo humana... De modo que habéis descubierto que no es para el rey.
Marin Marais: He descubierto que era para Dios...
Sainte Colombe: Os equivocáis porque Dios habla.
Marin Marais: ¿Para el oído?
Sainte Colombe: lo que no se puede expresar no es para el oído...
Marin Marais: Para el oro, para la gloria - Sainte Colombe niega -, el silencio...
Sainte Colombe: El silencio es lo contrario del lenguaje...
Marin Marais: ¿Para los músicos rivales?
Sainte Colombe: No... No... -niega compasivamente -
Marin Marais: Para el amor... La añoranza del amor, el abandono - Sainte Colombe niega pacientemente las propuestas de Marais- ¿Para un barquillo ofrecido a lo invisible?
Sainte Colombe: Tampoco. ¿Qué es un barquillo? Algo que se ve, que tiene sabor, que se come. No es nada.
Marin Marais: Pues no lo se señor... No lo sé... Creo que hay que ofrecerle una copa a los muertos...
Sainte Colombe: Os estáis acercando...
Marin Marais: Un pequeño abrevadero para quienes el lenguaje ha abandonado... Para la sombra de los niños... Para suavizar los martillazos de los zapateros... ¡Ay Dios mio!, para los estados anteriores a la niñez... cuando se vive sin aliento y sin luz. - Sainte Colombe agarra entonces las manos de Marais fuertemente -
Sainte Colombe: Señor... Hace un momento me oistéis suspirar y mi arte morirá conmigo. Sólo me llorarán mis gallinas y mis ocas. Voy a confiaros unas arias capaces de resucitar a los muertos...La Tumba de los Recuerdos....

Comparto con ustedes el enlace para que vuelvan a vibrar con esta hermosa obra de arte, de siempre. 

viernes, 29 de mayo de 2015

Cuando Descartes, sin querer, escribió un poema



Alguna vez imaginé o concebí el epílogo de la Crítica a la Razón Práctica de Kant como si fuera un poema. Pues la dimensión poética de ese hermoso final, me parecía evidente. Esta vez, vuelvo a leer las Meditaciones Metafísicas de Descartes y encuentro nuevamente esa dimensión poética que logra capturar el logos en sus múltiples dimensiones. En este caso, la aventura de la interioridad, la búsqueda más profunda del yo y sus certezas, se hacen luminosas en la Segunda Meditación. 

Segunda Meditación (Fragmentos) 

René Descartes (1596-1650)
Mi meditación de ayer ha llenado mi espíritu de tantas dudas,
que ya no está en mi mano olvidarlas.
 Y, sin embargo, no veo en qué manera podré resolverlas;
y, como si de repente hubiera caído en aguas muy profundas,
tan turbado me hallo que ni puedo apoyar mis pies
en el fondo ni nadar para sostenerme en la superficie.
Haré un esfuerzo, pese a todo, y tomaré de nuevo la misma vía que ayer,
alejándome de todo aquello en que pueda imaginar la más mínima duda,
del mismo modo que si supiera que es completamente falso;
 y seguiré siempre por ese camino,
 hasta haber encontrado algo cierto,
o al menos, si otra cosa no puedo,
hasta saber de cierto que nada cierto hay en el mundo.
Arquímedes, para trasladar la tierra de lugar,
sólo pedía un punto de apoyo firme e inmóvil;
así yo también tendré derecho a concebir grandes esperanzas,
si por ventura hallo tan sólo una cosa que sea cierta e indubitable.
Así pues, supongo que todo lo que veo es falso;
estoy persuadido de que nada de cuanto mi mendaz memoria me representa ha existido jamás;
pienso que carezco de sentidos;
creo que cuerpo, figura, extensión, movimiento, lugar, no son sino quimeras de mi espíritu.
¿Qué podré, entonces, tener por verdadero?
Acaso esto solo: que nada cierto hay en el mundo.
Pero ¿qué sé yo si no habrá otra cosa,
distinta de las que acabo de reputar inciertas,
y que sea absolutamente indudable?
No habrá un Dios, o algún otro poder, que me ponga en el espíritu estos pensamientos?
Ello no es necesario: tal vez soy capaz de producirlos por mí mismo.
Y yo mismo, al menos, ¿no soy algo?
Ya he negado que yo tenga sentidos ni cuerpo.
Con todo, titubeo, pues ¿qué se sigue de eso?
¿Soy tan dependiente del cuerpo y de los sentidos que, sin ellos, no puedo ser?
Ya estoy persuadido de que nada hay en el mundo;
ni cielo, ni tierra, ni espíritus, ni cuerpos,
¿y no estoy asimismo persuadido de que yo tampoco existo?
Pues no: si yo estoy persuadido de algo,
 o meramente si pienso algo, es porque yo soy.
Cierto que hay no sé qué engañador todopoderoso y astutísimo,
que emplea toda su industria en burlarme.
Pero entonces no cabe duda de que, si me engaña,
es que yo soy; y, engáñeme cuanto quiera,
nunca podrá hacer que yo no sea nada,
mientras yo esté pensando que soy algo.
De manera que,
 tras pensarlo bien y examinarlo todo cuidadosamente,
resulta que es preciso concluir
y dar como cosa cierta que esta proposición:
yo soy, yo existo, es necesariamente verdadera,
cuantas veces la pronuncio o la concibo en mi espíritu.
Ahora bien,
ya sé con certeza que soy,
pero aún no sé con claridad qué soy;
de suerte que, en adelante,
preciso del mayor cuidado para no confundir imprudentemente otra cosa conmigo,
 y así no enturbiar ese conocimiento,
 que sostengo ser más cierto y evidente que todos los que he tenido antes.
Por ello, examinaré de nuevo lo que yo creía ser,
 antes de incidir en estos pensamientos,
 y quitaré de mis antiguas opiniones todo lo que puede combatirse mediante las razones que acabo de alegar,
de suerte que no quede más que lo enteramente indudable. Así pues, ¿qué es lo que antes yo creía ser?
Un hombre, sin duda.


¿Qué música podríamos escuchar después de tan profunda introspección? Me parece que composiciones de Monsieur de Sainte-Colombe. La dimensión íntima de la meditación se encuentra de igual modo. 

sábado, 1 de enero de 2011

Sainte Colombe en la vigilia del primer amanecer del 2011

Sainte Colombe y Marais en la lección final



Escucho a Sainte Colombe, piezas para viola da gamba, acaso uno de los instrumentos más hermosos de los antiguos, junto con el laud. Al parecer, toda la música está concentrada en cada una de las texturas sonoras que se van abriendo mientras discurren Les Couplets, Le Retrouve, La Conference, Le Change, Tombeau Les Regrets, etc. La música interior que ahí habita en el centro de las jerarquías cósmicas y en la intimidad más amenazadora. 
El ejercicio de oír a Sainte Colombe mientras la mayoría está en otra cosa, es perturbador. Me siento parte de una exintiguible minoría, amenazada por cosas tan poderosas que no valen la pena ser mencionadas. Quizás por eso entiendo la metáfora del encierro de Sainte Colombe que Corneau retrata en su soberbia "Todas las mañanas del mundo", con libreto inspirador de Pascal Quignard. En la trama ficcional del film, Sainte Colombe le intenta de enseñar al fogoso, sensible y mundano Marais, el sentido profundo de la música, que no yace sólo en la ejecución transcendental, sino también en el reconocer el para qué de la existencia desde la confluencia diaria y desoladora entre la vida y la muerte. La música como una puerta al mundo de los que ya no están. O el puente entre los reinos de los vivos y de los muertos. "Todas las mañanas del mundo son caminos sin retorno", reflexiona Marais desde la experiencia del recuerdo del maestro Sainte Colombe y su melancólica y barroca hija. Así como el devenir de cada año que inexorablemente nos indica que todo lo que amamos morirá. 

La recreación de Corneau y de Quignard, sobre los imaginados diálogos entre Sainte Colombe y Marais, nunca dejan de volver a mi cuando pienso en mi propia vida a la luz de las brevísimas muestras de existencia que voy dejando. Pues si hay algo que mi época me ha enseñado es la conciencia de la fugacidad y de la extrema pequeñez de mi propia humanidad respecto al todo. Un ser humano absolutamente contingente que se relaciona con otros iguales. 

La vigilia del primer amanecer del 2011, lejos de parecer triste, fue muy feliz. Feliz porque escuchaba algo que me hace inmensamente dichoso como las obras de Sainte Colombe. Porque recordaba partes de la película de Corneau, momentos gloriosos a pesar de su evidente y reflexiva tristeza. Y porque todos los días, desde hace un tiempo,  me siento más honrado (si cabe el término) de tener una vocación intelectual. Pues soy intelectual y estoy muy feliz de serlo. A la larga, como decía Vargas Llosa, es la vocación la que nos acompaña hasta la muerte. 

Momentos finales de Todas las mañanas de mundo. Sainte Colombe le enseña a Marais todo lo que es el en sí de la música. Glorioso momento de recuerdo y diálogo entre los vivos y los muertos desde la música. 

domingo, 17 de octubre de 2010

La rebelión en un objeto simple

Una viola da gamba es suficiente. Si es en consort barroco, el colectivo no suele moverse en esa dirección. La breve multitud suena como un objeto singular. Todavía, hacia 1700, las cosas no suenan nuevas. Falta que se determine si se debe asumir el sueño o si se debe mantener el mismo procedimiento. Vueltas sobre lo mismo sin que nada entre en conflicto. Pero hay semillas y semillas. 

Señor de Sainte Colombe, conocedor del arte de la viola da gamba en un castillo imaginado que hoy recreo con deseo infinito de ver. ¿Cómo un objeto simple puede ser la metáfora de la lucha entre el salvaje y el viajero? La rebelión, dicha de otro modo, también es persistir, resistir y esperar que pronto todo sea tan pulcro y abierto como un amanecer conducido por una viola da gamba.


La Changé. Monsieur de Sainte Colombe. Circa 1700. Viola da Gamba: Hille Perl

viernes, 5 de febrero de 2010

Sainte-Colombe y el "Tombeau le Regrets"

¿Quién fue el señor de Sainte-Colombe? Quizás se llamó Jean, pero eso no es claro. Sabemos que fue maestro de Marin Marais, si, el mismo de la bella Sonnrie de Sainte Geneviève du Mont de Paris, la acrobacia y delicia de la viola da gamba. Si partimos del mito nos quedamos con la imagen que Alain Corneau nos dio de él en la célebre Todas las mañanas del mundo. Pero por ahora eso no importa. Habrá que quedarnos con el mito y con la imagen del hombre que, al quedar viudo, tocaba la viola da gamba quince horas al día. Y, también, cavilar, meditar, desde la altura de el "Tombeau le Regrets". 

Concierto 44 para dos violas: Tombeau Le Regrets. Sieur Sainte- Colombe (1640?-1700?)