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miércoles, 17 de junio de 2015

Palabras de Francisco por los 750 años de nuestro Dante

Dante por Giotto. 

Hace más de un mes, el intenso papa Francisco escribió una carta de homenaje y reflexión sobre uno de los mayores poetas de la historia: Dante Alighieri. Sirva este espacio para promover la reflexión teológica en clave dantesca y dantófila. 

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO AL PRESIDENTE DEL CONSEJO PONTIFICIO DE LA CULTURA CON MOTIVO DE LA SOLEMNE CELEBRACIÓN DEL 750 ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DEL GRAN POETA DANTE ALIGHIERI

Al venerado hermano

Cardenal Gianfranco Ravasi

Presidente del Consejo pontificio para la cultura

Con ocasión de la solemne celebración del 750° aniversario del nacimiento del gran Poeta Dante Alighieri, que tiene lugar en el Senado de la República italiana, deseo dirigir a usted y a quienes participarán en la conmemoración dantesca mi cordial y amistoso saludo. En especial lo hago llegar al presidente de la República italiana, Sergio Mattarella, al presidente del Senado, Pietro Grasso, a quien dirijo mi sentida felicitación por esta significativa iniciativa, al ministro Dario Franceschini; y lo hago extensivo a todas las autoridades, a los parlamentarios, a la Sociedad Dante Alighieri, a los estudiosos de Dante, a los artistas y a quienes con su presencia quieren honrar a una de las figuras más ilustres no sólo del pueblo italiano sino de toda la humanidad.

Con este mensaje quiero unirme también yo al coro de quienes consideran a Dante Alighieri un artista de altísimo valor universal, que tiene aún mucho que decir y dar, a través de sus obras inmortales, a quienes están deseosos por recorrer la senda del conocimiento, del auténtico descubrimiento de sí, del mundo, del sentido profundo y trascendente de la existencia.
Muchos de mis Predecesores quisieron solemnizar las celebraciones dantescas con documentos de gran importancia, donde la figura de Dante Alighieri se proponía precisamente por su actualidad y por su grandeza no sólo artística sino también teológica y cultural.

Benedicto XV dedicó al gran poeta, con ocasión del VI centenario de la muerte, la encíclica In praeclara summorum, con fecha del 30 de abril de 1921. Con la misma el Papa quería afirmar y poner de relieve «la íntima unión de Dante con la Cátedra de Pedro». Al admirar «la prodigiosa vastedad y agudeza de su ingenio», el Pontífice invitaba a «reconocer que el poderoso impulso de inspiración él lo tomó de la fe divina» y a considerar la importancia de una correcta y no reductiva lectura de la obra de Dante sobre todo en la formación escolástica y universitaria.

El beato Pablo VI, además, se interesó de manera especial por la figura y la obra de Dante, a quien dedicó, como conclusión del Concilio ecuménico Vaticano II, hace exactamente cincuenta años, la bellísima carta apostólica Altissimi cantus, donde indicaba, con gran sensibilidad y profundidad, las líneas fundamentales y siempre vivas de la obra dantesca. Pablo VI con fuerza e intensidad afirmaba que «Dante es nuestro. Nuestro, queremos decir, de la religión católica» (n. 9). En cuanto al fin de la obra dantesca, Pablo VI afirmaba con claridad: «El fin de la Comedia es primariamente práctico y transformador. No se propone sólo por ser poéticamente bella y moralmente buena, sino en alto grado de cambiar radicalmente al hombre y llevarlo del desorden a la sabiduría, del pecado a la santidad, de la miseria a la felicidad, de la contemplación aterradora del infierno a la beatificante del paraíso» (n. 17). Citaba, además, el significativo pasaje de la carta del poeta a Can Grande de la Scala: «La finalidad de todo y de la parte es sacar del estado de miseria a los vivientes en esta vida y conducirlos al estado de felicidad» (n. 17).

También san Juan Pablo II y Benedicto XVI se refirieron a menudo a las obras del gran poeta y lo citaron numerosas veces. Y en mi primera encíclica, Lumen fidei, elegí también yo recurrir a ese inmenso patrimonio de imágenes, símbolos y valores constituido por la obra dantesca. Para describir la luz de la fe, luz que se debe redescubrir y recuperar a fin de que ilumine toda la existencia humana, partí precisamente de las sugestivas palabras del poeta, que la representa como «chispa, / que se convierte en una llama cada vez más ardiente / y centellea, cual estrella en el cielo» (n. 4; cfr. Par. XXIV, 145-147).

En vísperas del Jubileo extraordinario de la misericordia, que iniciará el 8 de diciembre próximo, a los cincuenta años de la conclusión del Concilio Vaticano II, deseo vivamente que las celebraciones del 750° aniversario del nacimiento de Dante, como las de la preparación del VII centenario de su muerte en 2021, hagan que la figura de Alighieri y su obra sean nuevamente comprendidas y valoradas, también para acompañarnos en nuestro camino personal y comunitario. La Comedia se puede leer, en efecto, como un gran itinerario, es más, como una auténtica peregrinación, tanto personal e interior como comunitaria, eclesial, social e histórica. Ella representa el paradigma de todo auténtico viaje en el que la humanidad está llamada a abandonar lo que Dante define «la era que nos hace tan feroces» (Par. XXII, 151) para alcanzar una nueva condición, marcada por la armonía, la paz, la felicidad. Es este el horizonte de todo auténtico humanismo.

Dante es, por lo tanto, profeta de esperanza, anunciador de la posibilidad del rescate, de la liberación, del cambio profundo de cada hombre y mujer, de toda la humanidad. Él nos invita una vez más a volver a encontrar el sentido perdido y confuso de nuestro itinerario humano y saber mirar de nuevo el horizonte luminoso en el que brilla en plenitud la dignidad de la persona humana. Al honrar a Dante Alighieri, como ya nos invitaba Pablo VI, podemos enriquecernos con su experiencia para atravesar las numerosas selvas oscuras aún dispersas en nuestra tierra y realizar felizmente nuestra peregrinación en la historia, para alcanzar la meta soñada y deseada por todo hombre: «el amor que mueve el sol y las demás estrellas» (Par. XXXIII, 145).

Vaticano, 4 de mayo de 2015

Francisco

1. Después de una lectura de Dante por Liszt.




 Francesca da Rimini de Tchaikovsky. Impresionante forma de acercarse a Paolo y Francesca.


 

lunes, 18 de agosto de 2014

Trío para piano de Tchaikovsky



Hacia 1882, Tchaikovsky se encontraba en Italia ofreciendo una serie de conciertos. En el mismo año, Nadezhda von Meck, mecenas el compositor ruso, había conocido al Claude Debussy, proponiéndole ir a Rusia por un tiempo. El modo cómo el joven Debussy tocaba el piano, indujo a Nadezhda von Meck pedirle a Tchaikovsky un trío para piano. Este se negó en un primer momento, pues consideraba que la forma de cámara era indigna para el piano; no le gustaba el modo cómo el violonchelo, el piano y el violín, interactuaban armónicamente. Finalmente, Nadezhda logró imponerse a los deseos del músico. 

Estando en Florencia, Tchaikovsky empezó la composición de su único trío, dedicado a su amigo,  músico ruso Nicolai Rubistein. El título que le puso a esta composición fue: "A la memoria de un gran artista". La obra esta dividida estructuralmente del siguiente modo. Un primer movimiento: Pezzo elegiaco. Moderato assai-allegro assai (la menor). Un segundo movimiento: Tema con variazione. Andante con moto, conformado por once variaciones y una coda final. 

Como en toda la música de Tchaikovsky, la melodía marca el sentido de toda la obra. Y resulta sorprendente que el gran músico ruso haya elaborado esta composición ha disgusto, pues, como notarán (quienes no conocen el trío), esta obra posee niveles impresionantes de inspiración. Puede ser considerado uno de los grandes tríos de fines del siglo XIX, sin duda. 

Trío para piano en la menor op 50 de P. I, Tchaikovsky. 

miércoles, 16 de febrero de 2011

Sonidos de triste belleza


Paisaje con invierno. Gaspar David Friedrich, 1811.

El triunfo de la música radica, entre otras cosas, en que mueve y conmueve al alma. No sólo porque advertimos en ella un lenguaje que, en casos superiores, es capaz de rivalizar con la filosofía en tanto cohesión argumentativa y armonía teórica. La gran música es profundamente lógica, basta cualquier contrapunto de Bach o el tratamiento melódico-armónico de Mozart para demostrar lo que estamos afirmando. Por ello, toda gran filosofía es música y toda gran música es filosofía. Descartes y Bach caminan por vías paralelas.

Pero el triunfo de la música, al menos triunfo masivo de la misma, no estriba en la complejidad temeraria que muchas veces alcanza. El melómano común, el oyente apasionado, obvia en gran medida el tratamiento formal y se queda en la mera sensación y la evocación subjetiva que la música provoca. 

Desde siempre el teórico de la música ha advertido sobre el carácter conmovedor de la "misteriosa forma del tiempo". El mito y la poesía han dejado constancia de la dimensión apelativa del lenguaje musical. La música provoca; provoca cambios de humor, profundiza en nuestras sensaciones y pasiones. La  alegría puede ser potenciada a grado superior y la tristeza se profundiza a abismos insoslayables. Todos podemos dar fe de eso.¿Qué composiciones me inducen a pensar de modo humano en mi propia tristeza? De modo humano, pues el ser humano gracias a su diferencia específica es capaz de profundizar en todo, también en su propia tristeza.

Recuerdo la primera vez que escuché el célebre "adagio" de Albinoni, que realmente no es de Albinoni, sino que Remo Giazotto, musicólogo italiano del siglo XX, elaboró a partir de un movimiento lento de una composición para cuerdas y bajo continuo de Tomasso Albinoni, compositor barroco. Aquel célebre "adagio para cuerdas y órgano, lo escuché, como muchos, como fondo musical de El Proceso de Orson Welles, la película basada en la novela homónima de Kafka. Pienso en el impacto de esta composición en un contexto particularmente triste. Lima a mediados de los años ochenta era una ciudad sitiada por el terrorismo, la hiperinflación, la indigencia generalizada, los apagones, los cortes de agua y la sensación paranoica que cualquier día podíamos morir despedazados gracias a un "coche-bomba". Además, en casa, las estrecheces eran más que evidentes.  Así, el "adagio de Albinoni", se convirtió en la banda sonora de gran parte de mi tristeza juvenil, tristeza que se proyectada a las tinieblas diarias,  a la falta de dinero, a la ausencia de esperanza. Ese "adagio" fue causante de tristezas que hoy en día recuerdo con perturbada serenidad y resignación. 



Otra composición que asocio a la tristeza es la Pavana para una infanta difunta de Maurice Ravel, cuya versión original era para piano y que el mismo Ravel orquestó en 1910. La Pavana de Ravel mueve mis temores más profundos, ligados a la muerte de lo que más amo. Tanto es el temor que me es imposible nombrarlo o escribirlo. Ustedes, como lectores inteligentes, sabrán a qué me puedo referir. La muerte de lo más amado, inconcebible y perturbador. 



También de Ravel, el adagio assai del concierto para piano en sol, ha sido otra de las composiciones en que la tristeza adquiere dimensiones muy personales. Nuevamente la sensación de pérdida, asociada a la ausencia inevitable. Como si fuese capaz de oler a la muerte, quizás mi propia muerte. Por momentos me angustia, pero por otro lado, logra generar en mi algo singular, donde el dolor y la transfiguración se unen. Una bella tristeza. Qué curioso.



1989. Un día de invierno. Todo esta consumado. Sólo camino. Quisiera ir a algún lugar y no tengo idea hacia dónde. Pésimos días universitarios. ¿Sirvo? Hace mucho frío, la humedad llega hasta los huesos. Pero recuerdo el Poco Allegretto de la Tercera Sinfonía en fa mayor Op 90 de Brahms y de pronto me siento consolado. Llego a una discotienda, no tengo dinero, pero logro escuchar el tercer movimiento de esta maravilla brahmsiana en el pequeño cuarto de audición. Estoy triste, pero consolado por una belleza que no me libera pero que me compadece. El milagro Brahms. 



Todas las pérdidas adquieren sentido una vez se entiende la vida de Tchaicovsky. Y me imagino la vez que el gran compositor ruso vio a su madre por última vez, cuando él tenía 10 años. Y el tren partía y la madre se alejaba haciendo adiós mientras el pequeño Piort corría detrás angustiado. Al final, la locomotora se perdía en el campo infinitamente blanco de la nieve. Trágico. Pero fue el detonante de un instante glorioso de la música. Andante cantabile cun alcuna licenza de la Quinta sinfonía en re menor Op 64. 





Seguiría, pero es tarde. Y la tristeza se ha disipado por la misma música....continuará.